Artistas judíos de Chicago

11/Abr/2013

Milim Cultural

Artistas judíos de Chicago

*Chicago: no solo hubo gangsters…
Cuando se piensa en la comunidad judeonorteamericana y con mayor razón en los artistas judeo-norteamericanos, la mente se dirige rápidamente a Nueva York, casi como si fuera de la Gran Manzana existiera poco y nada. Sin embargo, hubo una muestra en el Spertus Institue durante el año 2004, que demostró que esa era una idea equivocada: la muestra “Engaging with the Present: the contribution of the American Jewish Artists Club to Modern Art in Chicago 1928-2004” no solo da cuenta del peso cultural de la comunidad artística judia de Chicago, y también del fuerte impacto sobre el tejido social e intelectual en aquella ciudad. Se puede apreciar así un número de artistas judíos que no fueron o que no serán maestros del calibre de un Chagall o de un Soutine, pero que fueron y son personalidades muy interesantes..
La relación entre los artistas judíos y Chicago está basado según la directora del Spertus, Rhoda Rosen, sobre la particular libertad de expresiones y de estilos que había y hay en esa ciudad, donde la producción es variada y estimulante. Es que “son artistas que han unido sus características judías con las típicas de la libertad norteamericana creando una personalidad particular como William Schwartz y Todros Geller”, como ha dicho en una entrevista, David Sokol, curador de la muestra. “En sus murales, en sus pinturas o en el caso de Geller, en su gráfica, pintaban aspectos de la religiosidad judaica y contemporáneamente celebraban a los Estados Unidos. Mostraban la vitalidad de la ciudad, retrataban personas rezando, mientras celebraban también valores norteamericanos”.
Aquí por lo tanto había dos nuevas personalidades que convocan a ser recordadas: en el primer lugar Schwartz (1896-1977), de orígenes ruso ashkenazíes y formado en la escuela de arte de Vilna de donde se fue a Chicago, en la que permaneció hasta su muerte. En sus obras se nota una clara influencia expresionista, por los colores fuertes y contrastantes, mientras sus temas pueden ir de lo plenamente figurativo a lo puramente abstracto (tal vez las emociones creadas por la música, a las que se sentía muy próximo porque era un cantante de ópera o porque se inspiraba en el estilo de Kandinsky). En los cuadros figurativos no solo trata de temas raros y extraños, también pinta sobre la Torá o aparecen ambientaciones religiosas.
Todros Geller (1889-1949) se especializó sobre todo en el grabado y en la gráfica del arte. Y volvió a menudo con el pensamiento al Vinnitza en la cual había nacido, tanto que a veces sus paisajes americanos parecen rusos y tanto fue así porque una de sus principales fuentes de inspiración fue el teatro idisch. Pero para el curador David Sokol no fueron menos estimulantes, “otros, como Leon Garland, que pintaba la realidad urbana que lo rodeaba, pero tambíen imágenes nostálgicas de su shtetl europeo.
En los vitrales de Louise Yochim se encuentran imágenes religiosas, pero también las personas que veía por la calle. “A. Raymond Katz produjo objetos para la sinagogas y vitrales utilizando letras y otras simbologías judías, pero incorporándolas al mismo tiempo a la realidad urbana”. Sería muy aburrido contar sobre el gran número de artistas, pero es necesario hablar de la vastedad y la calidad de la producción típicamente judía proveniente de Chicago y reflexionar sobre el profundo interés, típico de todos ellos por la realidad social que la circundaba. Tal vez la razón de este compromiso social surgía de la difícil situación de los nuevos inmigrantes judíos desde los inicios del siglo XX. Este es el caso del artista más célebre, Aaron Bohrod,(1907-1992) cuyas obras son expuestas en todos los grandes museos del mundo (el Museo Metropolitano de Nueva York a la cabeza).
Sus temas eran inicialmente tomados del West Side de Chicago, el barrio al que debieron mudarse los judíos luego del gran incendio que a finales del siglo XIX destruyó el lugar donde vivían. Y con esta particular sensibilidad hacia la precariedad de ciertas situaciones sociales, Bohrod dirigió su atención también a las pobres vidas de la campaña aledaña a la gran ciudad, incluida la minoría de color, en un período en que esta elección artística no era políticamente correcta. Sin embargo su técnica verdaderamente excelente le permitió sobrepasar las barreras ideológicas y obtener reconocimientos importantes. “Algunos otros artistas”, en opinión de Sokol “estaban algo en la izquierda no sólo en su trabajo, también en su elección política”. Entre ellos Sokol recuerda también a Morris Topchevsky, un ashkenazi de origen polaco que estuvo tan fascinado con el comunismo que se puso en contacto con los muralistas revolucionarios mejicanos, Rivera y su mujer, la pintora Frida Kahlo.
Los artistas judíos de Chicago de comienzos del Siglo XX tenían por lo tanto numerosos puntos del contacto, pero todavía no estaban decididos a formar un grupo o una escuela, que según Sokol, hubiera dado lugar a una atmósfera que fue la base luego, del desarrollo artístico de toda la ciudad. Este paso fundamental se debe en primer lugar al gran pintor Abel Pann que llegó de la Palestina del Mandato Británico. Fue su pasión, su espíritu sionista, el que encendió los ánimos para empujar a la formación del Club de Artistas Judíos que fue el verdadero catalizador de la actividad cultural de la ciudad. “Muchos de estos artistas”, en opinión de Sokol, “no eran sionistas pero la mayoría de ellos creían en la necesidad de un Estado Judío y por esa razón muchos de ellos contribuyeron con donaciones para la creación de Birobidjan”.
Sokol se refiere la proyecto de creación de un Estado Judío creado por Stalin en los años 30, según el cual una región de Siberia fue convertida en una región autónoma judía. Las condiciones de vida y de trabajo casi imposibles y la escasísima ayuda de parte de Moscú fueron algunas de las razones del fracaso del proyecto, pero la idea fascinó a una parte de la diáspora como una especie de fe comunista.
Así fue como familias de Norte y Sud América fueron inducidas a mudarse a Siberia con la fuerza de sus ideales, mientras los artistas de Chicago prepararon un portafolio de gráficos para recaudar donaciones para el naciente Estado. Luego de la Segunda Guerra Mundial estos sentimientos de identificación tomaron toda la forma de una notable pasión sionista, que continúa aún hoy, como acentúa Sokol. Esto es muy visible en las obras contemporáneas que muestran claramente estas sensaciones como una gráfica de Rita Price que celebra los acuerdos de Camp David, y los cuadros de Jessica Fine y de Fred Rapoport sobre la vida y las calles de la Israel moderna. Y gracias a estos ideales comunes es que los artistas de Chicago han creado, integrando una comunidad que tanto ha dado a la ciudad de la que forman parte; es como decir que el sionismo fue convertido en un poderoso motor de identificación y de integración para la comunidad, con beneficios que se extienden también a la realidad circunstante. Porque sin objetivos comunes estos artistas hubieran estado solos como individuos y como tales, islas más o menos anónimas en el gran mundo que los rodea.